viernes, 21 de octubre de 2011

Narrador protagónico

Es sábado en la tarde y después estar perdida dos horas por la gran ciudad de Bogotá, llego a un garaje viejo, abandonado, rayado con aerosoles y sin nombre ni nomenclatura. Es una típica tarde en la capital: está lloviendo a cátaros. Afuera del garaje sucio y gris me encuentro con varios amigos harcoreros y con mi novio, Diego.

En el volante del concierto decía que el show iba a comenzar a las dos de la tarde en punto, pero como cualquier otro evento, este también tiene sus retrasos. Son las tres de la tarde y aún no han hecho pruebas de sonido ni han dejado entrar al público al establecimiento.

Muriéndome del frío y sin haber almorzado espero a que llegue Álvaro, el pastor harcorero cristiano. No lo veo y me desespero porque tenía que cumplir con una tarea de Crónica para Prensa. Sin embargo, a pesar del desespero, el frío y el hambre, estoy muy entusiasmada de que empiece el concierto ya que a mí me gusta mucho ese tipo de música y en este evento están reunidos casi todos mis amigos.

No aguanto el hambre y les pido el favor a un compañero y a mi novio que me acompañen a una cafetería para comerme algo. Desde la mesa, donde me estoy comiendo una empanada con una Pony Malta, puedo ver que ya abrieron las puertas del garaje pues las personas que se encontraban haciendo fila, tras haber estado la hora y media de retraso sentadas en el suelo,  se pararon rápidamente para ingresar al concierto.

Me termino rápidamente la empanada y corremos para no perder el puesto que nos había guardado Lola, una amiga harcorera cristiana que es la bajista de Tras la Sangre, el grupo musical de Álvaro.

Pasé el filtro con todas mis cosas. Generalmente, en la entrada de cualquier evento, hacen requisas para supuestamente garantizar la seguridad de las personas, pero en un concierto de Hard Core no se le puede garantizar la seguridad a nadie. Uno tiene que estar preparado para las patadas voladoras, los puños que viajan sin dirección alguna e incluso, uno tiene que estar pendiente del cielo, pues de repente pueden caer personas obesas, flacas, niños, niñas, adultos, jóvenes, amarillos, blancos o mulatos, encima de uno.

Y es que pasé el filtro porque no habían mujeres que me requisaran. Uno de los organizadores le preguntó a Lola si podía requisar a las mujeres, pero ella respondió que tenía que hacer prueba de sonido. Lola me miró y me preguntó que por qué yo no requisaba mientras que el concierto empezaba. Yo, sin nunca haber requisado ni tener la más mínima idea de cómo era que se hacía eso, recordé Rock Al Parque y traté de utilizar casi las mismas técnicas que utilizaban las policías a la entrada del Simón Bolívar, claro está,  sin pasarme de abusona y de tocadora, como las policías del evento más grande de Rock latinoamericano.

De cada diez hombres había una mujer, por eso me la pasé casi todo el tiempo mirando al techo sin hablar con nadie, porque en ese momento mis amigos ya habían entrado al concierto y me estaban guardando puesto en el Back Stage (teniendo en cuenta que en un concierto Hard Core cualquier persona puede entrar al Back Satge porque generalmente, el público hace parte de la puesta en escena y estos se pueden parar en la tarima e incluso robarles el micrófono a los vocalistas de las bandas).

Después de haber requisado, de la forma más cuidadosa,  a aproximadamente 30 mujeres, por fin pude ingresar al concierto. Estaba repleto de personas de todas las edades; yo sabía que tenía que llegar hasta la tarima pero era casi imposible atravesar ese mar de gente. Después de diez minutos de sofoque y puñetazos logro subir a la tarima y pasarme al “back stage”.

Lo primero que hago es sacar mi libreta de notas. A mí me encantan los conciertos de Hard Core, pero esta vez, me tenía que concentrar en algo en específico y olvidarme de la euforia y la adrenalina que recorría el sitio. La primera banda en subir al escenario es Tras la Sangre. Álvaro, encabezando la agrupación, dice unas palabras de aliento a aquellas personas que aún no se han guiado por el camino del señor. Todos guardan silencio, hasta yo, que no soy ni cristiana ni católica. No soy nada, ni atea. Después de las palabras de Álvaro puedo ver claramente cómo se transforma su aura cristiana y santa en un tormento de ira y euforia que hace que se sienta en todo el establecimiento.

El público, al ver la puesta en escena de la banda, no logra contenerse y casi de inmediato todos se transforman en monstruos. Patadas voladoras, puños,  slams y muchos pogos se pueden ver y sentir en ese preciso momento. Yo estoy en una esquina tratando de comprender la transformación de Álvaro y del público (e incluso, trato de analizar la adrenalina que me produce escuchar en vivo este tipo de música).

La gente me empuja, me pega, me espicha y yo medio puedo observar y anotar en mi libreta. Después de unos minutos puedo comprender que es caso perdido insistir en ser una niña aplicada y realizar un seguimiento profundo y plasmarlo todo en un pequeño cuadernillo. Por eso decido involucrarme completamente en el concierto y dejo a un lado la libreta, rota y espichada, para prepararme y vincularme directamente con el concierto.
Bailo, canto, comparto escenario con Álvaro y me lanzo en Slam sobre el público. Me encanta.

El  concierto se pasó muy rápido. Ya es de noche y miro cómo las personas dejan el garaje para irse a sus casas. Yo espero a que Álvaro se vaya también para poderme despedir de él. Lo veo, le sonrío y le doy un gran abrazo como felicitación a su presentación. Concretamos una cita para volvernos a ver y poderlo conocer mejor.

 Iré a misa este domingo a verlo predicar el evangelio de Dios al estilo Hard Core. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario